Un manatí en la heladera (Cuento)

“Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas. “
Fernando Pessoa

Sentada en su sillón ella tejía, un sobre se deslizó debajo de la puerta y sobre su regazo dormitó la lana, mientras ella leía…

Mi amada Zoe:
Ando pisando charcos en pleno invierno para que al mojarme los pies, el frío me recuerde que el suelo existe. Es que ¿cómo explicarte que aterrizo en Venus cada dos pasos pensando en las galaxias de tus ojos, y que una manada de violines y ruiseñores me canta en cada oído tu nombre, si me descuido?

Puedo hacerte una lista detallada de las mutaciones que ha sufrido mi existencia desde aquel día en que te dije: “estoy enamorado” y mirándome a los ojos vos, me contestaste: “¿por qué me copias?, mi vida”.
Puedo contarte por ejemplo, que el recuerdo de tu espalda es mi despertador por las mañanas; que tus pestañas se detienen en las copas de los árboles, como barcos encallando en las hojas; que la gente es más bonita cuando recito en silencio, poesías a tu risa; y que a falta de textos de mil hojas que te describan, degusto tu cuello comiendo torta de vainillas.

¿Sabías que viajas en subte todas las mañanas? Sí, a mi lado como una estampilla delicada llevo tu imagen camino al trabajo y sin que nadie lo note, dejo caer los párpados y reposa mi mano en la pierna para recordar así, el calor de tus últimas caricias.

Yo no sabía que podías ser éste remanso de calma en la tempestad de mis horas, ni que podía tu alma, llenar todos mis azulejos. Es que de verdad te digo, no hay sitio, no hay textura, no hay borde, que el rabillo de mi ojo atrape y que no albergue tu perfil disfrazado de osadía.

¿Qué fuiste en tu otra vida? ¿Un río? ¿Un mar? te pregunto porque la ausencia de tu voz me deja sediento, y camino las veredas como un manatí ciego, nadando en busca de la cascada de amor que habita en cada una de tus manos.
De un tiempo a esta parte, mis palabras vienen con extra de azúcar y la mandíbula me rebota tres metros más allá, si me pierdo en la fotografía de tu sonrisa. Sí, así de cursi y tonto ando por la vida.

Te confieso que empecé a escribir esta carta porque un miedo atroz me inundó la tarde. Sí, me dio pánico pensar: “¿y si me muero?”. No pienses que soy fatalista, es que uno de estos días, estoy casi seguro, que moriré de tanto amarte.

Uno de estos días, me explotará el corazón en el pecho como una sandía rellena de fuegos artificiales, se me caerán los ojos como caen flotando las flores de un Cercis, las manos como plumas se me despegarán del cuerpo, las rodillas dejarán mis piernas con un clic! y planearán… todo este manojo de carne enamorada que soy, se irá a tu encuentro.
No, mi alma no irá a buscarte; hace tiempo que anidó ahí, justo detrás de tus pupilas.

 Te amo.

Con un imán sujetó la carta en la puerta de la heladera y volvió a su tejido.

No corrió a llamar al cartero para hablarle del error, tapó con un sticker de corazón, el nombre de la desconocida.

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